sábado, 7 de enero de 2012

LA ALEGRÍA DE ENCONTRARSE CON CRISTO

Por poco que nos haya impresionado las jornadas vividas el pasado mes de Agosto con su  Santidad, Benedicto XVI, no cabe duda que nos ha llamado la atención la universalidad de la Iglesia. Jóvenes de diversas lenguas, formas culturales, hábitos de vida, costumbres,… nos hemos encontrado unidos, como una gran familia. Y esto ¿porqué? ¿Qué tengo yo que ver con alguien que viene de un pueblo recóndito del otro lado del planeta, con el que ni siquiera me puedo comunicar? Para nosotros, que estamos unidos por una misma fe, estas diferencias no tienen importancia porque con Cristo se relativiza la diversidad exterior, con Él se hace realidad que todos los hombres seamos hermanos porque sólo en  Él se encierra toda la Verdad, la esencia del hombre. Ser cristianos, por tanto,  no significa ir detrás de una idea, ni de un slogan. Ser cristianos no es  seguir unas prácticas piadosas y nada más. Ser cristianos es mucho más, es buscar la Verdad y esa Verdad la encontramos en la misma Persona de Jesucristo, en el Rostro de Dios. Esa búsqueda de la Verdad nos lleva a encontrarnos con Cristo que es la esencia de nuestra fe.


El laicismo que impera en estos momentos en el ambiente, que vemos reflejado en esos intentos de apartar al hombre de Dios, reconoce en la religión el cáncer de la sociedad actual; desembocando esta realidad en una búsqueda de la felicidad en la materialidad de las cosas, en el hedonismo, en el placer; en definitiva, en algo efímero, que no perdura y no satisface, precisamente porque ahí no está Dios, y donde no esté Dios no se puede encontrar la verdadera felicidad.

Si algo ha caracterizado la espiritualidad de la JMJ ha sido la alegría. Una alegría auténtica, sólida que viene de la fe, de la certeza de saber que soy amado, que Cristo me ama. Según Josep Pieper en su libro sobre el amor, el hombre puede aceptarse a sí mismo sólo si es aceptado por algún otro; tiene necesidad de que haya otro que le diga: “es bueno que tú existas”. Quien no es amado, por tanto, no puede amarse a sí mismo. Allí donde falta la percepción del hombre de ser amado de forma incondicional, de ser acogido por parte de Dios, surge la duda de su existencia, y por tanto, del ser de los hombres. Hoy vemos como esta duda se difunde, lo vemos en la falta de alegría, en la tristeza interior que se puede leer en muchos rostros. (Audiencia del Santo Padre. Navidad 2011).

Busquemos a Cristo en la Iglesia y en los sacramentos. Busquémoslo en la Palabra de Dios, en la oración, en el necesitado, expongámosle nuestras dudas y pidámosle que nos ayude a descubrir nuestro camino en la vida. Vale la pena escuchar interiormente sus palabras y seguir sus pasos. Él mismo nos lo ha dicho “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Con este matiz de autoridad Cristo contesta a nuestras necesidades mayores, siendo Él y únicamente Él, el medio para encontrar el verdadero sentido a nuestra existencia.

María de la Haba Ruiz

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